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  Una historia de amor - O mal karma... ustedes decidan!

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Yo era muy niño cuando empecé a ver los partidos de los Pumas, algo había en aquel equipo de mediados de los ochentas que me atraía, no sabía exactamente lo que era, pero podía notarlo en sus jugadores, en cada partido y en cada jugada se les veía moverse por la cancha como si supieran algo que el otro equipo ni siquiera alcanzaba a imaginarse. Ese algo que los cronistas deportivos solo podían describir de una manera, el espíritu puma.

Se pronosticaba un partido salvaje, ofensivo, vamos, una guerra sin cuartel con acompañamiento de lluvia de goles; el resultado fue tan lejano. Lo primero fue ver por televisión a los dos equipos formados para escuchar el himno nacional, plan con maña, detrás de este súbito fervor patriótico había otro objetivo, sacar a las chivas del vestidor, para que justo después de cantar todos el másiosare, los de Vergara fueran testigos de un espectáculo que le pone la piel chinita a cualquiera, un estadio entero, con el puño en alto, cantando el himno universitario.

Los que vimos ese partido jamás nos imaginábamos una recreación de lo que han sido los últimos trece años de los Pumas. El juego se desarrollo como toda una peregrinación por el desierto. El hijo que regresa vuelto en profeta para guiar a su pueblo, el pueblo que canta sus ideales ante un enemigo de lo más herético, y luego nada, nada, solo luchar y seguir para adelante a pesar no encontrar un solo gol.

Los últimos años habían sido así, una enorme sequía se había dejado caer sobre la ciudad y sucedió entonces que ser aficionado de los Pumas era peregrinar por tierras áridas. Con un par de años luchando por no descender era cada vez más difícil encontrar a alguien que, como uno, todavía creyera en aquel espíritu, el que movió a esos hombres que veía luchar cuando era niño. Ya muy pocos creían en el espíritu puma, solo unos cuantos, y cuando los encontrabas era como ver a un hombre perseguido, sediento, pero con fe.

El domingo fuimos testigos de cómo se demostraba otro de los cánones del fútbol, que cuando se construye un equipo, se empieza desde atrás. Bernal, fue el hombre congruente, se dio cuenta de que jugaba el partido más importante de su vida, así que jugó como nunca antes lo había hecho, la ultima vez que pumas fue campeón el estaba en la banca, esta vez dio el mejor partido de su vida. La defensa fue la clave, Beltrán y compañía protegieron una y otra vez a su gente de los ataques que lanzaban los salvajes, en esta defensa estoica hubo siempre cuatro héroes, solo era cuestión de voltear un segundo, y cuando te dabas cuenta cualquiera de los cuatro zagueros ya estaba tirando ante la puerta enemiga.

Cuando todo se veía perdido regresó el hijo, ahora vuelto patriarca, y en torno a el se volvieron a unir todos los que aun tenían fe, los que habían mantenido la esperanza tras trece años de vagar por las arenas. Nos acordamos de cuando éramos siempre los más rápidos, y Ailton corrió como ninguno, de cuando éramos siempre los más ordenados, y no hubo un hombre que rompiera las dos líneas, nos acordamos también de cuando nadie luchaba como nosotros, y Kikin Fonseca volvió del hospital para correr 120 minutos, nos acordamos de todo esto, y no hubo nadie se quedo sin gritar en ciudad universitaria.

La lucha se alargó, como la de todo pueblo que esta obligado a peregrinar hasta encontrarse a si mismo, hasta volver a sus principios. Había que resolver el regreso a la gloria ante un portero que lo había detenido todo, y no se podía fallar, aquí es donde los Pumas son distintos a los demás equipos: de lo cinco jugadores de la UNAM que anotaron, Del Olmo no había tirado un penalti desde hacía siete años, y Beltrán, el capitán, no había pateado un penal en toda su carrera; y los dos lo hicieron de manera impecable. Hay que ser de Pumas para entender como es que suceden esas cosas, hay que ser Puma para darte cuenta de que en un 13 de Junio, la gente en Ciudad Universitaria volvió a creer en su espíritu.

Por: Pablo Maañon
alter_ego_@hotmail.com


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